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Los abuelos y el Carnaval

El viernes 29 de enero de 2016 no era un día común y corriente para los integrantes de la comparsa La Múcura de la Tercera Edad. Ninfa Domínguez, de sesenta y cuatro años, lo supo desde que escuchó el eco lejano de una cumbia que algo le decía sobre sus antepasados. Despertó como de costumbre a las 6:00 a.m., felicitó a Dios porque el nuevo día le había quedado muy bonito, y corrió al baño a cepillarse los dientes.

Ya sin la sensación de la saliva agria de la mañana en su paladar, despertó a su nieta Diana, de cuatro años, pues debía alistarla para ir al colegio, no sin antes advertir cierta impaciencia que se intensificaría a medida que transcurriera el día; y los sonidos que minutos antes escuchó tan distantes, como si vinieran de otro tiempo, se harían tan intensos que por un instante creería poder tocarlos con sus manos.
Para Johny Santamaría, de cincuenta y ocho años, y su esposa Herminia Casado, de cincuenta y seis, el alboroto de sus propios corazones retumbando de ansiedad dentro de sus cuerpos fue lo primero que escucharon ese día.Cuando el reloj marcó las 4:30 a.m. cayeron en cuenta de que la noche se les fue deseando que las horas pasaran rápido.Dadas las circunstancias, decidieron saltarse la rutina y no salir a trotar.
El canto lúgubre de las pavitas que saludaban el nuevo día taladraba sus corazones mucho más hondo que el sonido de los tambores y las flautas de millo que habían escuchado en un evento la noche anterior. Johny y Herminia repasaron por separado los instantes más cruciales de sus vidas —el día que se conocieron, cuarenta y dos años atrás, cuando ambos aún eran estudiantes de colegio; los nacimientos de sus hijos, la primera vez que desfilaron en el Carnaval, en 2006— y coincidieron en que pocas veces la ansiedad es tan grande como cuando se avecina el Carnaval. “Ella y yo vivimos esas horas previas como un boxeador que va enfrentar la pelea de su vida”, contó Santamaría.
Si Ilba Beleño se hubiese enterado de que Johny y Herminia estaban petrificados de miedo, seguramente habría soltado una carcajada tan fuerte que Ninfa Domínguez hubiese escuchado con nitidez a varios kilómetros de distancia. Para ella fue un día “como cualquier otro” que empezó a las 7:00 a.m. con los rayos del solviolentándole “la oscura intimidad de los párpados”, justo en el lugar donde su esposo no tiene dieciséis años de muerto.

Sus piernas menudas, que durante los últimos siete años la han ayudado a que se goce el Carnaval como integrante de La Múcura de la Tercera Edad, envían señales de alarma a manera de fuertes dolores que vienen a sumarse a algunos padecimientos del alma. Pero gracias a una fuerte determinación personal y al apoyo unánime de sus seis hijos, ella se pone de pie, se da unas palmadas de aliento en sus resentidas extremidades, y se apresta a exorcizar sus demonios en el fuego de la fiesta.

Ilba cumplirá setenta y ocho años en abril, y considera que al menos en materia carnavalera ha visto y vivido todo lo que tiene que ver y vivir un danzante de estas fiestas tan particulares que cada año exigen un poco más de cada uno de sus hacedores. No le asusta el hecho de que dentro de pocas horas vaya a enfrentarse a una multitud que a ratos le hará sentir que está en un coliseo romano. Para ella, el Carnaval es sinónimo de vida y amor, lo cual anula cualquier asomo de pánico escénico en su corazón.
Mientras que Ilba se sacudía el dolor de las piernas con pasos lentos, y Ninfa Domínguez descifraba los códigos de su pasado en los sonidos de la cumbia, y Johny junto a Herminia se brindaban apoyo en la agonía de la espera, Nicolás Pérez, de sesenta años, intentaba acomodarse como podía en un bus que lo trasladaría desde Loma de Arena, corregimiento de Santa Catalina (Bolívar), hasta Barranquilla.
Su jornada inició con un café con leche “en su punto: ni muy dulce, ni muy simple”, luego de despertar a las 4:00 a.m. con el canto de los gallos. A través de la ventana de su casa observó absorto los últimos guiños titilantes de las estrellas que se iban a alumbrar el otro lado del mundo, mientras algunos de sus paisanos comentaban los sucesos del pueblo al tiempo que recogían las hojas muertas que no alcanzaron a ver el nuevo día.
A medida que el bus avanzaba sobre carreteras destapadas, dejando a su paso una estela de polvo que cubría todo a su alrededor, Nicolás tenía la certeza de que el duro viaje era el preludio de un banquete para el espíritu. A medida que atravesaba los municipios del Atlántico podía advertir que para las personas, al igual que para él, no se trataba tan sólo del vigésimo noveno día del 2016. Tras once años ininterrumpidos desfilando en el Carnaval, y otros tantos recorriendo el mismo trayecto, su expectación es semejante a la del navegante que presiente la tierra firme a leguas de distancia y rodeado de tinieblas. El furor de la travesíacabalga sobre la sangre que recorre sus venas.
Por medio de los pequeños parlantes distribuidos a lo largo del bus, cubiertos por rejillas oxidadas, Nicolás Pérez escuchó emocionado una canción cuyo título daba nombre a la intranquilidad creciente de Ninfa Domínguez, al desespero de Johny Santamaría y Herminia Casado, al ánimo decidido de Ilba Beleño y también a su propia alegría: ‘La Guacherna’.
Reencuentro y primer ensayo.
Qué lejos estaban los miembros de la comparsa de imaginar, en el furor del reencuentro, que en la víspera de La Guacherna iban a ser una madeja de sentimientos encontrados y hasta contradictorios. Aquel 12 de enero, a diecisiete días del primer desfile masivo del Carnaval en el que ellos participarían, la alegría estaba instalada en cada uno de los corazones de los abuelos, y esta ensanchó sus dominios hasta apoderarse del recinto donde se llevó a cabo el primer ensayo.

“La sede”, como la llaman los abuelos, está ubicada en el primer piso de un inmueble de tres plantas situado en la calle 42 # 41-39, a pocas cuadras del Parque de los Enamorados. Allí también funciona el Programa del Adulto Mayor de la empresa Comfamiliar, la cual patrocina a la comparsa.
El lugar del ensayo es un acogedor salón de poco más de diez metros de largo que también sirve para realizar reuniones. En las paredes, pintadas de un blanco celestial, están colgados diversos reconocimientos entregados a la comparsa por parte de entidades como la Gobernación del Atlántico y la Alcaldía de Barranquilla. Al fondo, el diseño uniforme del recinto se quiebra y se torna mucho más espacioso, y se pueden ver a las diferentes reinas que ha tenido la comparsa(algunas ya han muerto, otras siguen vivas), inmortalizadas en fotos grandes con sus trajes resplandecientes y sus sonrisas amplias.
Una de las primeras en llegar fue Ana Rosa Noriega, cuya efusividad al saludar (siembre con un sonoro beso en las mejillas y un abrazo fuerte) extrañaban sus compañeros. “Desde el año pasado no los veía a todos”, dijo, con el habla entrecortada por la emoción, como si el 2015 no hubiese terminado hace apenas doce días.

Ana Rosa se presentó vestida con una blusa y una falda señoriales, ambas piezas de un rosado venido a menos por el uso constante; llegó con la novedad de que el próximo 10 de marzo cumplirá ochenta y seis años, así que creyó pertinente recordar la fecha desde ya para preparar una gran fiesta.
Poco antes de las 2:00 p.m., que es la hora en que debe iniciar el ensayo, predominaban las carcajadas y los espaldarazos. De pronto, como un rayo, por medio de un equipo de sonido de mediano tamaño,suenan las primeras notas de ‘El burro intelectual’, un pegajoso merengue apetecido por los bailadores durante el Carnaval. Los que hasta el momento han aparecido se organizan en filas, a la espera de las indicaciones que les dé el instructor FarydZedán, encargado de montar la coreografía.
Lo más apremiante en ese momento es la Lectura del Bando que realiza la comparsa con el fin de recaudar fondos para financiar los gastos en que incurren los adultos mayores en aras de participar en el Carnaval (ante todo el vestuario). La fecha estipulada para realizar el evento es el 23 de enero. Al enterarse, Ninfa Domínguez no pudo evitar sentir un leve pinchazo en el corazón, pero de inmediato se repuso: se dijo a sí misma que catorce años desfilando en el Carnaval eran una credencial de peso como para pensar en dejar su propia impronta como reina de La Múcura de la Tercera Edad, y que iba a cumplir ese papel con creces.
Los danzantes siguen el compás de la música con un leve movimiento de caderas, hacia atrás y hacia adelante, que de aquí en adelante llamarán “básico”. Luego de una demostración, FarydZedán, con sus imponentes ciento ochenta y cinco centímetros de estatura, sugiere que es mejor intentarlo sin música y decide fijar la mirada en el grupo a la caza de focos de descoordinación.
Tras media hora de intentos, ya empiezan a verse signos de agotamiento en el grupo. Hay caras sudorosas, brazos exhaustos que descansan en las caderas, lenguas que añoran agua con la misma intensidad con que lo haría alguien que se pierde en el desierto. A pesar de ser el primer ensayo, de la entendible falta de acoplamiento y dela ansiedad por el advenimiento de las fiestas, los abuelos y el instructor consideran que cuentan con tiempo suficiente para preparar un buen show.
Reanudan el ensayo con una canción que goza de una sorprendente aceptación por parte de los abuelos: un reggaetón llamado ‘El taxi’. Al escucharla, todos se apresuraron a moverse al compás de la música e ignoraron aFarydZedán, quien sugería realizar un pequeño dramatizado protagonizado por la reina de la comparsa y un conductor desafortunado al cual ella rechazaría por no tener dinero, y que sería personificado por uno de los seis hombres del grupo.
Al retornar el orden acordaron entre todos que, luego de un breve diálogo entre la reina ostentosa y el humillado conductor, un grupo de danzantes rodearía a Ninfa Domínguez y bailaría en torno a ella. Los minutos transcurren entre movimientos desacertados, intentos fallidos y una serie de ideas para hacer másvistosa la coreografía. A las 4:00 p.m., tras dos horas de ensayo, nada mejor para cerrar el reencuentro con broche de oro que unas canciones típicas del Carnaval de antaño. 
La idea, promovida por Ana Rosa Noriega, fue recibida con regocijo en los corazones de sus compañeros. No alcanzaron a asomarse por medio de los parlantes las primeras notas del ‘Popurrí de Murgas’, cuando todos se vieron muchos años más jóvenes, no en el salón de “La sede”, sino en alguno de los populares bailes del Carnaval de aquellos tiempos, donde era imposible trazar líneas divisorias entre realidad y fantasía.
“De tripas y corazón”.
La Guacherna despunta ya en el horizonte y el reto es mayúsculo. En apenas diecisiete días hay que seducir por medio de un excelente espectáculo a una multitud variopinta con maneras diferentes de concebir el Carnaval y a un jurado exigente. Hay mucho trabajo y pocas manos para atender varios frentes: la estabilidad económica de la comparsa, el costo y el diseño del vestuario, la coreografía, entre otros. Por eso no será extraño ver a algunos miembros de la comparsa realizar actividades que en teoría están fuera de su órbita, pero que son vitales a la hora de ganar tiempo y avanzar en los preparativos.   
Miguel Soto Varela contempla a los danzantes mientras ellos practican los primeros pasos de la coreografía. Con movimientos leves de la cabeza y de los pies sigue el ritmo de ‘El burro intelectual’. De vez en cuando los motiva con su tímido pulgar levantado a medias en señal de aprobación: así reacciona cuando se percatan de su presencia aunque tomara ciertas precauciones para que eso no ocurriera, pues siente que podría interrumpir la concentración de los danzantes.
Pero en un grupo de personas que atraviesan agarrados de las manos una de las edades más cruciales de la vida humana, no por eso exenta de plenitud y dignidad, es casi imposible pasar desapercibido cuando se cuenta con veintisiete años, y, al menos por edad, se podría fácilmente ser hijo, nieto y hasta bisnieto de cualquiera de los sesenta adultos mayores (cincuenta y cuatro mujeres y seis hombres) que hacen parte de la comparsa.

Consciente de esa realidad, Miguel Soto Varela decide integrarse en un momento de receso, cuando había transcurrido media hora desde que inició el primer ensayo, pues no pudo evitar el impulso de hacerlo con la sutileza de un equilibrista.Sugiere canciones, propone nuevos movimientos, opina sobre el lugar en el que debe realizarse La Lectura del Bando de la comparsa. Al reanudarse el ensayo ya es un danzante más; hasta unos cuantos mechones de su cabello negro y rebelde que le caen sobre la frente quedaron cubiertos del fango en el que por momentos se atascan los abuelos. 
Lleva a cuestas la inmensa responsabilidad de ser el coordinador del Programa del Adulto Mayor. Una de las funciones de su cargo es garantizar que la comparsa (que fue la primera creada para adultos mayores) desfile todos los años en el Carnaval, como lo viene haciendo ininterrumpidamente desde 1987. 
Esta última tarea, quizá la más crucial, depende mucho de la capacidad del colectivo para reunir dinero y solventar sus gastos. Por eso la idea de la Lectura del Bando, con Ninfa Domínguez y las reinas de los otros grupos de adultos mayores que hacen parte del Programa —Laureles, Robles, Las Palmeras y Guacarí—.Cada año, la comparsa necesita conseguir diez millones de pesos, según Miguel Soto Varela, para financiar su participación en el Carnaval. Allí van incluidos el costo del vestuario, el equipo médico que acompaña a los abuelos en los desfiles, la alimentación y la hidratación durante los eventos, la música en vivo, entre otras cosas elementales.

“Nosotros tenemos que hacer de tripas y corazón para poder participar. Hacemos algunas actividades para recaudar fondos. Es importante el apoyo de los mismos abuelos, quienes muchas veces sacan plata de su propio bolsillo. Es un esfuerzo gigante todos los años. Por eso nos duele y nos molesta cuando percibimos por parte de los organizadores del Carnaval cierto interés en desplazar a los abuelos”, cuenta Soto Varela, con cierta complacencia inicial en su voz que muta en inconformismo a flor de piel.
El jueves 14 de enero, el día del segundo ensayo, apenas doce personas habían llegado a la hora acordada. Para esperar a que llegaran más miembros de la comparsa, y también para contarse todo lo que no se habían podido contar, empezaron en firme a las 2:30 p.m. con la presencia de unos cuantos abuelos más que aparecieron a última hora.
Algunos de los que asistieron al primer ensayo se ausentaron; otros se reincorporaron apenas hoy. Para cualquier instructor que no fuese FarydZenán esto implicaría un retraso justo cuando el tiempo apremia. Sin embargo, en su humor no parece haber rastro de turbación. Todo lo contrario, da la impresión de descansar en alguna certeza interior que parece indicarle que todo saldrá bien.
Quizá eso se explique porque los integrantes de La Múcura de la Tercera edad se preparan durante todo el año para el Carnaval. Para ellos se trata de un estilo de vida que va más allá de cualquier pretensión de figuración mediática y que nace de un profundo respeto por la tradición. Cuando se acaba la fiesta ellos se siguen reuniendo tres veces por semana para realizar ejercicios físicos y aprovechan cualquier motivo para compartir y mantenerse unidos.
Cada semana los abuelos practican natación y baile, y son sometidos a constantes chequeos médicos. Además, visitan el gimnasio y realizan ejercicios bajo la guía de FarydZenán. De esta forma, los abuelos encaran el Carnaval, que entre otras cosas mide la capacidad física de los danzantes, respaldados por todo un año entero de preparación.
Lo anterior se suma al hecho de que la comparsa es un grupo que goza de una estabilidad admirable. En sus miembros hay un gran sentido de pertenencia, además de un amor encarnizado por el Carnaval, que los lleva a retirarse sólo cuando el médico advierte que del reposo depende la vida misma. 
Puede que esas sean las razones por las cuales el instructor aún conserva en sus manos las riendas de sus estribos. Así que propone de buena índole que empiecen el ensayo y que los danzantes se agrupen en dos filas.A las dos canciones ensayadas el martes pasado (‘El burro intelectual’ y ‘El taxi’), el grupo decide añadir una tercera: ‘Materialista’. La idea del dramatizado se mantiene. Los abuelos empiezan con el movimiento básico de caderas e incorporan poco a poco, según les indica el instructor, nuevos pases. 
Al final todos lamentan que pocas personas hubiesen asistido al ensayo porque consideran que en apenas dos días los avances son significativos. Aunque todavía se saben lejos de lograr el nivel de coordinación deseado, el panorama es un poco más alentador.
La curva ascendente se mantendría hasta el lunes 18 de enero y caería al día siguiente. La razón: no hay luz eléctrica en el barrio. A pesar de que en las calles corre una brisa fuerte y refrescante, los abuelos que están en el salón de “La sede” no soportan el intenso calor.
Por unos momentos el recinto amplio y espacioso se llena de tijeras, goma, telas e icopor. Los abuelos matan el tiempo elaborando las múcuras que adornan el vestuario y los faroles para La Guacherna. Otro grupo decide ensayar, no obstante el calor que deforma los colores y las formas de las cosas, la presentación para la Lectura del Bando del próximo sábado.
El día anterior habían acordado iniciar con ‘El taxi’. El dramatizado empezaría con Ninfa Domínguez simulando estar en alguna calle de Barraquilla, consternada porque en pocos minutos debía estar presente en la Lectura del Bando y no conseguía transporte. Es entonces cuando entra en escena Julio Gonzálezdisfrazado de taxista para rescatar a la reina, mientras un grupo de mujeres orbitan a su alrededor siguiendo el compás de la música. 
Ante la ausencia de Julio González, lo reemplaza David Soto Pacheco, de setenta y seis años, quien no perdió tiempo para agregarle una pizca de humor al ensayo luego de que Ninfa Domínguez le preguntara, siguiendo la línea del dramatizado, si la podía llevar al lugar donde se va realizar la Lectura del Bando de la comparsa. “No puedo llevarte para allá; puedo llevarte a Juan Mina”, dijo, con un brillo de picardía en sus pupilas que iluminó el salón. La broma provocó largas carcajadas entre los presentes hasta que sintieron dolor en el maxilar.
Con tranquilidad se desarrollaría el ensayo cuando se restableció el fluido eléctrico, a las 3:00 p.m. También la jornada del jueves 21 de enero fue apacible pese a que hubo un momento en que el ambiente se enrareció. Aquel día los abuelos llegaron con una actitud eufórica que rebasó los diques de FarydZenán, quien miraba impotente el salón lleno de personas que seguían charlando luego de una hora, y todavía con detalles que ajustar para la presentación de pasado mañana.
El motivo del desorden fue que varias abuelas se excedieron en la contemplación de los collares que debían lucir en las presentaciones. La idea inicial era que cada una se los midiera para saber a quiénes les había quedado perfecto y a quiénes no, una actividad simple que no hubiese tardado más de quince minutos de no ser porque algunas expresaron sus reparos hacia los collares de una forma que varios interpretaron como poco apropiada.  
“Esa vaina está muy cara”, “no me gustan los collares”, “¿de veras son necesarias estas cosas?”: frases de este tipo, dichas con poco tacto, levantaron llagas humeantes en las pieles de algunos de los presentes, sobre todo en aquellos que recorrieron varios locales del Centro en busca de unos collares económicos y bien hechos.
Zamira Varela, de cincuenta y seis años, al igual que lo hizo su hijo Miguel unos días atrás, observaba los toros bravos desde la barrera, esperando el instante indicado para hacerse sentir. Ella, una trabajadora social que tomó las riendas del Programa del Adulto Mayor y de la comparsa poco después de su creación, sabía que debía mezclar dosis de autoridad y dulzura para que su intervención no atizara los ánimos caldeados. 
Conoce a la perfección a todos los integrantes de la comparsa. Como  coordinadora del Programa se preocupó siempre por tejer una relación estrecha con los abuelos que perdurara más allá de su retiro del cargo, hace dos años. Con ese propósito, y también por encontrarse a las puertas de la tercera edad, decidió pasar a ser una danzante.
Por eso sabe que para un abuelo es primordial recibir un trato digno, que la etapa por la que transitan no sea catalogada como el ocaso de la vida sino como un estado del alma que permite contemplar todo desde una perspectiva privilegiada. Con estas certezas rebotando en su mente, dio tres pasos decididos hacia donde estaba el tumulto, y a medida que avanzaba las voces se iban apagando, sumisas, dejando todo el ámbito a disposición de sus palabras.

Aprovechó para saludar a todos y excusarse por no haberlos visitado antes (anda ocupada cuidando a sus padres, ambos de avanzada edad y con serios quebrantos de salud). Pero también dedicó palabras para advertir que era necesario un cambio de actitud, que cosas como las que acababan de ocurrir ponían en riesgo la armonía del grupo. Y hasta sacó tiempo para lanzar un dardo.
“He visto a algunas molestas por lo de los collares. Si tienen alguna queja, comadres mías, por favor, hay que saberlas decir. Me consta que el grupo ha hecho un esfuerzo por conseguir las que más se acomoden al bolsillo, porque esto es caro y a nosotros también nos afecta el alza del dólar. No podemos permitir que por unas palabras todo se rompa ni que los que sabemos nos vean divididos”.
Los ánimos se aplacaron y todo volvió a la normalidad. Cada quien fue tomando su lugar para ensayar. Sin embargo, desde el comienzo de la primera canción fue evidente la descoordinación en el grupo, como si todo no hubiese quedado resuelto con el llamado a la calma de Zamira Varela, quien decidió intervenir de nuevo para pedir más concentración y dirigir la coreografía de allí en adelante, sin música, para terminar de engranar las ruedas sueltas del andamiaje.
Bajo su batuta se restableció la tranquilidad en el ensayo. El resto de la jornada fue un viaje a través de aguas mansas desde donde se visualizaba el puerto de la Lectora del Bando con el ánimo resuelto y los pies que se movían por cuenta propia, predisponiendo el espíritu para el goce y el baile.
“¡Mi corona no me la quitan!”
Sobre la tarima, con la vista dividida entre sus súbditos y el decreto real, las palabras de Ninfa Domínguez son secundadas por sonoros aplausos y vivas. Sin embargo, el momento del clímax fue cuando juró defender a capa y espada su trono como reina de La Múcura de la Tercera Edad ante cualquier amenaza. “¡Mi corona no me la quitan, como le pasó a Ariadna!”, exclamó, con una voz mucho más efusiva de lo que había sido hasta ese momento (un poco plana y lineal, aunque a su favor hay que decir que la amplificación no ayudaba mucho).
El lugar en el que se realiza la Lectura del Bando, un tradicional restaurante en el que también se organizan veladas musicales, lleva el Carnaval impregnado en cada rincón. Su techo de paja y sus paredes artesanales, adornados con cadenetas multicolores, parecen venirse abajo con el estruendo de la música carnavalera.
Poco antes de leer el decreto real se realizó el show que los abuelos prepararon para la ocasión. Ninfa Domínguez, con un vestido corto de color rosado, buscaba a un taxista que la llevara al lugar donde se iba a proclamar reina de la comparsa. Julio González, el chofer, irrumpió en la escena vestido de amarrillo, y al poco tiempo fue rechazado por una reina amante de lo superficial que desea “un tipo que me mantenga, que me dé plata, que me llene de lujos. Así que tú no me sirves ni pa’l arranque”.
Deja de sonar el reggaetón ‘El taxi’ para darle paso a ‘Materialista’, que agarra a Julio González rodeado de un grupo de mujeres, comandadas por Ninfa Domínguez, que le esculcan los bolsillos para confirmar que no tiene ni en qué caerse muerto.
Humillado, Julio González es reemplazado por Nicolás Pérez, quien hace su aparición con una máscara de burro para hacerle honor a ‘El burro intelectual’, la canción que estaba sonando. Al final, igual que el día del reencuentro, una canción del Carnaval de antaño para cerrar el acto: ‘Carmen de Bolívar’, del prolífico Lucho Bermúdez, cuya orquesta dio a conocer la canción ‘La múcura’, un recipiente usado por varias comunidades para transportar agua, cuya “fuerza y estética” inspiró a los fundadores de la comparsa hace veintinueve años.
Al evento asistieron varios familiares y conocidos de los abuelos, además de la reina de la 44 y el guerrillero Simón Trinidad, a quien los Estados Unidos le concedió un permiso de cuatro días para gozarse el Carnaval. Hizo su entrada con su traje de reo, sus manos esposadas y sus escoltas respirando detrás de sus orejas, formal y cabizbajo, para luego desatar un desorden cuyos ventarrones  debieron sentir “los gringos esos que no me querían dejar venir”.
Legado de los abuelos.
Además de dar ejemplo con su vigorosidad y amor por el Carnaval, los integrantes de La Múcura de la Tercera Edad (y todos los adultos mayores que participan de una u otra forma) cumplen un papel trascendental en la dinámica carnavalera. Ellos son portadores de conocimientos que pueden brindar luces interesantes a la hora de encarar el reto de transformar la fiesta sin perder de vista la tradición.
Dada la sensibilidad de ellos para con el Carnaval, fruto de varios años de sudor y baile, quizá en sus corazones descanse la llave para abrir las puertas que conduzcan a una fiesta más incluyente, en donde tradición y modernidad no riñan.
En la Lectura del Bando pudo apreciarse aquello que los abuelos consideran como una de las acciones para devolverle al Carnaval como tal algo de lo mucho que les da: inculcarles a los demás, sobre todo a los jóvenes, el apego por la cumbia y el mapalé, por nuestras raíces africanas, europeas, indígenas y árabes, que se mezclan sin recelo durante la fiesta como no sucede en otros aspectos de la cotidianidad. Muchos fueron acompañados por sus nietos y bisnietos que se gozaron de principio a fin el evento.
No obstante, entre los miembros de la comparsa existe el pálpito de que algunos sectores no tienen pensado darles cabida en el Carnaval, y que esa es la razón por la cual son víctimas de una serie de acciones “sistemáticas y denigrantes” que, según ellos, son parte de un plan para aburrirlos y llevarlos a desistir de desfilar.
Zamira Varela afirma que esa realidad tiene hundidas sus raíces en una “estigmatización social” contra la tercera edad. “Piensan que, debido a nuestra edad, ya no servimos para nada, que lo mejor es que nos quedemos en la casa a ver cómo nos pasa la vida frente a los ojos. Nosotros creemos que podemos ayudar a mantener viva la tradición, a contagiar a los demás de nuestro amor por el Carnaval. Eso es lo que nos hace desfilar todo los años”. 
Hace un llamado para que “no vean la vejez como un problema” y, por el contrario, se valore la sabiduría que es necesaria amasar para llegar a esa edad. “Nos gusta que nos traten con respeto y dignidad. Creo que tenemos mucho que aportar, sobre todo en el hecho de innovar sin que eso signifique apartar la tradición”.
Por eso es injusto que —añade— de a poco a los abuelos se les haya ido desplazando de la Vía 40 hacia otros espacios como la calle 17, en donde si bien es cierto que son aclamados, no lo es menos que un abismo en materia de expectación e importancia, según ella, separa un desfile del otro. 
Máximo Pérez Arévalo, quien sobresale entre los integrantes de la comparsa por sus ciento ochenta y cinco centímetros de estatura, sostiene que los abuelos no tienen asiento en las reuniones donde se discute el futuro del Carnaval. “Percibo que hay cierto interés en que el adulto mayor no desfile. Por eso, cuando se realizan esos encuentros, no tenemos ni voz ni voto. Nada más decepcionante”.

Como ejemplo para ilustrar esa “realidad” menciona el papel que ellos jugaron en las reuniones para la construcción del Plan Especial de Salvaguarda del Carnaval (PES). Según Pérez Arévalo, a él, como representante de la tercera edad, solo lo invitaron al último encuentro, “cuando ya todo estaba acordado”. “Por esto es que me preocupa la vejez”, asegura, con un dejo de nostalgia en sus palabras, “porque es que ya uno no cuenta ni con espacios ni con herramientas para poner en práctica lo que te ha costado la vida entera aprender”.
Para el investigador cultural y catedrático Harold Ballesteros Valencia, es lamentable que un grupo de personas que “son portadores de la tradición y ejemplo para los más jóvenes” tengan que pelear por un lugarque de antemano se ganaron a pulso. Pero, al mismo tiempo, los insta a que sigan en la búsqueda y en la creación de “espacios alternativos” donde puedan mostrar lo que en otras partes no pueden.
Ballesteros, quien colaboró en la construcción del Dossier que le fue presentado a la Unesco para que esta entidad declarara al Carnaval de Barranquilla como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, asegura quela exclusión que hoy denuncian los adultos mayores se hará extensiva a otros grupos. “Dentro de poco apartarán a los gordos y sólo les será permitido desfilar a quienes tengan cuerpos estilizados, visiblemente estéticos”.
Por su parte, la directora de Carnaval S.A, Carla Celia, en diálogo con este medio, tendió puentes en busca de hallar soluciones en conjunto para las denuncias realizadas por los miembros de La Múcura de la Tercera Edad. “Nosotros tenemos un comité artístico conformado por cada una de las representaciones, y podríamos hablarlo en el seno de este comité consultivo de la Junta Directiva de Carnaval y que tiene 17 miembros de cada una de las expresiones. Sería conveniente que tuvieran un representante en el comité. Podríamos trabajar esto y daría mucho más sentido de pertenencia, y nos nutren también con la experiencia de ellos”.

En ese sentido, destacó que el papel que la tercera edad juega en el Carnaval es “de suma importancia, al igual que el de los niños”, y que por eso “a los adultos mayores y a los niños los ponemos en puestos de importancia en los desfiles”, y resaltó que el trato dispensado por la entidad hacia ellos ha sido “preponderante”, en concordancia con la labor que, según la funcionaria, cumplen. “Han tenido y mantenido la tradición. Y a pesar de su edad siguen participando con entusiasmo y ello nos da a entender que esta fiesta no tiene límites de edad. Son motivo de todas las consideraciones para Carnaval S.A”.
Agregó que en el Carnaval de este año participaron dieciséis grupos de adultos mayores conformados por mil cuatrocientas personas, y que quince días antes del inicio oficial de la fiesta se le entregó a cada agrupación un incentivo económico. 
Guacherna y Batalla de Flores, al fin.
Con sus pechos hinchados de orgullo tras la exitosa Lectura del Bando, los integrantes de La Múcura de la Tercera Edad encararon la semana previa a La Guacherna con viento en sus ropas. Durante los tres últimos ensayos se dedicaron a repetir movimientos, a repasar conceptos, a pulir la coordinación grupal, a definir detalles mínimos pero determinantes para una buena presentación.
De modo que cuando ya estaban todos esperando el inicio del desfile de La Guacherna, la sensación general era de optimismo, sustentado en la aceptación que el público había mostrado con el vestuario elegido para este año. El de las mujeres es una blusa de satín azul, con mangas cortas, que al llegar a la cintura se transforma en una falda del mismo color con un pliegue de satín blanco al final, estirado al máximo por una hula – hula con el fin de darle libertad de movimiento a las piernas de las danzantes. 
Unas mangas postizas de tela brillante les cubre el antebrazo. A la altura del pecho se ve una inmensa múcura, grande y cobriza. Sobre los hombros, cubiertas con esponjillas, unas varillas sostienen unos chorros de agua que se ven en las espaldas de las abuelas, justo detrás de una vistosa múcura, mucho más pequeña que la otra, la cual corona el vestido.
El de los hombres es una camisa de satín azul con mangas largas de lentejuelas plateadas. Los puños, la múcura cerca al cuello, las correas y las botas son de color cobrizo. Un sombrero que sostiene una múcura fina y delgada domina la figura de los pocos abuelos que hacen parte de la comparsa.

Johny Santamaría y Herminia Casado continúan con la impaciencia con que recibieron el nuevo día. Ya son las 7:00 p.m. y el desfile no ha arrancado. Sus piernas, ansiosas de moverse, de momento deben conformarse con el consuelo de un leve estiramiento para espantar los calambres. “Ya estamos aquí. ¡Qué carajos! Al menos esta vez nos tocó en el puesto diecinueve, no como otros años, cuando sólo encontrábamos basura y borrachos vomitando en las aceras y en los palcos”, cuenta Santamaría. 
A pocos metros de distancia, retratándose con los miembros del Secretariado de las Farc y con un raquítico y escuálido Che Guevara, Ana Padilla, de setenta y siete años, pensaba que, entre chiste y chanza, ya van más de veinte años desfilando en el Carnaval. Sin embargo, al preguntarle sobre la referencia por medio de la cual su alma conoce las fiestas, no está el hecho de haber nacido un 28 de febrero en el barrio Rebolo, ni los desfiles de aquellos tiempos en el Paseo Bolívar, cuyas imágenes evoca su mente teñidas de blanco y negro, con la nitidez perversa de la nostalgia; ni tampoco los disfraces y las máscaras que elaboraba su papá y que adornaron su niñez, sino el asesinato de su hijo, ocurrido en 2006.
Aún recuerda el último Carnaval que compartieron juntos, ella del brazo de él rumbo al lugar que le habían asignado ese año a la comparsa en La Guacherna. Y se le arruga el corazón al saber que ahora no lo va a ver como en aquella ocasión, con sus maneras formales incluso en los instantes de euforia, moviendo su brazo lentamente en señal de adiós al verla pasar desde la acera, acaso como una despedida anticipada. 

Desde el momento en que asumió el asesinato de su hijo, Ana Padilla se prometió conservarse como él la vio la última vez, altiva y feliz, en honor a su memoria. Por eso se reafirmó en su amor por el Carnaval, ytambién por eso seguirá desfilando “hasta que el cuerpo aguante”, dice, con una sonrisa bella que se abre paso por entre las arrugas de su cara a medida que se ensancha.
Pensando que llegaría demasiado tarde y que se perdería el desfile, Máximo Pérez Arévalo caminaba a contracorriente, abriéndose paso por entre la muchedumbre que, al igual que los integrantes de La Múcura de la Tercera Edad, esperaba ansiosa el inicio del desfile. Mientras sus compañeros estaban desesperados por la tardanza, a él le volvió al alma al cuerpo cuando se incorporó al grupo, porque el retraso le permitió llegar a tiempo.
Mientras se alistaba, se decía que entre todas las canciones que estaban sonando, muchas de ellas por medio de imponentes amplificaciones, a él le gustaría escuchar una por medio de la cual recuerda a su padre, quien murió justo durante el Carnaval del año pasado: ‘Mi viejo’, de Piero.
Escuchando esa canción, Máximo Pérez siente, como en un bello poema de Borges, “… la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto”. Con ese mismo aliento se apresta a desfilar este año, aún con el recuerdo vivo de su papá en el ataúd, mezclado con otros mucho más agradables.
Faltaban quince minutos para las 8:00 p.m. cuando los abuelos vieron que el grupo que estaba delante de ellos empezó a moverse. Entonces todos los sacrificios habían quedado a un lado, y las humillaciones de las que, según ellos, han sido víctimas se convierten en un estímulo. Apenas pocas cuadras más adelante varios espectadores le piden una foto a Ninfa Domínguez, que comanda el grupo, y a otras integrantes de la comparsa.

La música que ambienta la coreografía es ejecutada por una agrupación musical que consta de un guache, una tambora, una trompeta, un clarinete y un redoblante. A medida que van avanzando, moviéndose todos con una sincronización y una alegría admirables, van dejando en cada gota de sudor el pánico inmovilizador, la ansiedad perturbadora. A ambos lados, el público inabarcable que da la sensación de extenderse hasta el infinito, aplaude y disfruta con la presentación de la comparsa.
Pero ese público dulce y comprensivo, según algunos danzantes, a ratos se tornó hostil. Algunos vieron como falta de respeto que algunos jóvenes espectadores le gritaran “vaya, pelo e’ burra” a David Soto Pacheco. El afectado, en cambio, asumió todo con desparpajo y elegancia. “¡Pero si es verdad! ¿No me ven? Ya estoy canoso. Yo a eso no le paro bolas. Todo eso se vale. ¿Y saben por qué? Porque estamos en Carnaval”.
Para un adulto mayor que no tomara las cosas a la burla, esa situación pudo haber sido hiriente y desalentadora. “Hay personas que sí les afecta, aunque no lo digan. Por ejemplo, a mí me han gritado cosas como que ‘¡se escaparon del asilo!’ o ‘¡están tan arrugados como la última maracuyá del saco!’ Lo que hago es reírme y seguir bailando”, dijo Zamira Varela. 
Una de las abuelas, Ernestina, en cambio, sí recibió “un insulto” que ella catalogó como “grave” y que se ganó el rechazo de todos: un grupo de muchachos borrachos le preguntó a los gritos si todavía era capaz de hacer eyacular a un hombre. Con todo, al final prevalecieron los aplausos y las fotos que gente disfrazada que desfiló y un sinnúmero de espectadores que lanzaban maicena y espuma carnavalera que se atomizaba en el aire y le brindaba esplendor a la coreografía, les solicitaron con amabilidad.

En medio de ese ambiente llegaron al final del desfile, en la Casa del Carnaval, en pie de lucha y bailando, sorprendidos por la cantidad de bailarines jóvenes que sucumbieron a la extenuación.
La semana siguiente, que marcaba el conteo regresivo para el comienzo en firme del Carnaval, la pregunta que despertaba la curiosidad de todos era el puesto que les iban a asignar para el desfile de la Batalla de Flores de la calle 17.
En el ambiente se podía palpar, dos años después, el descontento producto del lugar que les correspondió para el mismo desfile: el ciento veinticinco. Por medio de un video creado por Miguel Soto Varela bajo el título “Discriminación del Adulto Mayor en el Carnaval de Barranquilla”, el cual puede verse en Youtube, se recogen los testimonios de varias personas de la tercera edad, integrantes de La Múcura y de otros grupos, que piden un mejor trato.Así que para este año la ubicación en el desfile era un tema trascendental. 
A los ensayos de esa semana asistieron pocas personas, siempre no más de quince, quienes se dedicaban a pulir detalles y a fortalecer la coordinación grupal a la hora del baile. Las sesiones empezaban por lo general a las 3:00 p.m. y no tardaban más de media hora.
El sábado 6 de febrero, el día de la Batalla de Flores, la sensación general en el grupo era de tranquilidad y confianza. Cualquier rastro de ansiedad murió al concluir La Guacherna y los abuelos se disponían ahora a regalarse unos instantes de gloria y parranda. Ya no importaba tanto la ubicación del grupo en el desfile, el puesto sesenta y siete, sino la calidez del público.
Sin embargo, la demora para que el desfile arrancara exasperó los ánimos. Quizá en La Guacherna, por tratarse de un desfile nocturno, la espera fue más llevadera. Pero ahora, a no menos de treinta y cinco grados, y con el sol en lo más alto del cielo, hay muchos rostros deformados por la rabia.
A las 3:40 p.m. el sonido providencial de la música dio inicio al desfile. Quién sabe qué hubiese pasado si los tambores y los clarinetes hubiesen hecho su llamado tan solo un minuto después. Ninfa Domínguez, quien en la víspera se sentía llena de confianza, empezó a mover sus caderas, guiando por medio de sus movimientos a su corte. A un costado, Ana Padilla se fotografiaba sonriente con los niñitos que la aclamaban, y luego se incorporaba a la coreografía con total normalidad. 
Quizá la alta temperatura, además del desgaste de La Guacherna, influyó en que a algunos miembros de la comparsa se les viera algo agotados a los pocos minutos de haber empezado a desfilar. Puede que ese haya sido el motivo por el cual el grupo se partiera en dos en algunas ocasiones en que el desfile se reanudaba tras una pausa en el recorrido mientras seguían bailando. 
El grupo ganaba en acoplamiento a medida que transcurría el desfile. A ambos lados, un público de pieles negras y morenas los aclamaba a su paso. En algunos tramos, debido a la ausencia de vallas metálicas alguien del público se acercaba a bailar con las abuelas. Hubo uno en especial, joven, blanco, con sombrero vueltiao y gafas de sol, que les expresó admiración: “Esta gente es de admirar. Ojalá yo llegue a esa edad con tanta vitalidad”.
La música, al igual que en La Guacherna, era un mosaico de temas carnavaleros famosos entre los que sobresalían ‘La Múcura’ (infaltable), ‘Las mujeres’, de Joe Arroyo; y el ‘Popurrí de Murgas. El sol emitía sus últimas luces agónicas antes del ocaso; la luna, desafiante, se posaba más alto en el cielo que el astro rey, mostrando sólo su fina sonrisa de cuarto menguante.
Al llegar al asta sin bandera, en el bulevar del barrio Simón Bolívar, a las 4:12 p.m., se rompe la hegemonía negra y ahora el público es más diverso. Un niño de aproximadamente siete años, presenciando el desfile sobre los hombros de su padre, pregunta para dónde se van los danzantes cuando acaba el Carnaval. “Ellos siguen su camino, le dan la vuelta al mundo y reaparecen el otro año en el mismo lugar en el que empezaron”, responde el padre en tono dulce.
La respuesta sirve como una analogía que describe lo que le espera a los abuelos tras llegar al final del desfile: un camino lleno de montañas altas, siempre una más imponente que la otra, con cumbres borrascosas y faldas que inspiran temor, para luego llegar al próximo Carnaval en buen estado para bailar y gozar, como diría Ana Padilla, “hasta que el cuerpo aguante”.

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Texto: José David Oquendo
Fotos:  José Miguel Marenco
Edición: Ian Farouk Simmonds
Twitter: @sietediasco
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