SANTA MARTA_ Hay voces que se quedan suspendidas en la memoria, en la forma de decir las cosas, en ese tono exacto que no necesitaba elevarse para hacerse escuchar. Así era la voz de Augusto Pío Díaz Granados Illidge: firme sin estridencias, serena sin debilidad, justa.
A sus 91 años, en una clínica de Santa Marta, se apagó el hombre. Pero no la escuela. No la manera. No el oficio.
Porque Augusto no fue solo un periodista. Fue una forma de entender el periodismo.
En una época en la que muchos confundieron el micrófono con el grito, él enseñó lo contrario: que la palabra pesa más cuando se mide, que el silencio también informa, que la verdad no necesita adornos. Quienes pasaron por sus cabinas —en RCN, Caracol, Ondas del Caribe— no solo aprendieron a redactar una noticia. Aprendieron a respetarla.
Dirigió, sí. Gerenció, también. Pero, sobre todo, formó.
Y formó sin discursos grandilocuentes. Lo hacía con el ejemplo: llegando temprano, escuchando más de lo que hablaba, corrigiendo sin humillar. Había en él una autoridad que no venía del cargo, sino de la coherencia. Una rectitud que no necesitaba ser explicada porque se respiraba.
En sus últimos años, cuando muchos ya se han retirado del mundo, él decidió volver a lo esencial: el micrófono. Oír Noticias no era solo un programa; era una declaración de principios. Salía al aire desde Radio Galeón y Radio Rodadero como quien no ha olvidado para qué empezó todo esto: contar, informar, acompañar.
Quienes lo escucharon saben que no hacía falta levantar la voz para generar credibilidad. Bastaba con decir. Bastaba con estar.
Hoy, el periodismo del Magdalena y del Caribe pierde a uno de sus últimos grandes maestros de la vieja escuela: esa donde la noticia se verificaba, la palabra se cuidaba y la ética no era negociable.
Queda su legado, que no está en archivos ni en grabaciones —aunque también—, sino en quienes aprendieron de él. En cada periodista que entendió que el oficio no es un espectáculo, sino un servicio.
Se apagó la voz.
Pero el eco… ese se queda.
Maestro Pío, que Dios lo reciba en su Santo Reino. Santa Marta —y su periodismo— no lo olvidan.







