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¿El nuevo centro de gravedad de Colombia? El ascenso económico y político del Caribe

SieteDías Por SieteDías
3 de agosto de 2026
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Columna del profesor e investigador universitario Jaime Alberto Morón Cárdenas.

En 1986 el centroide del crecimiento poblacional de Colombia —el punto que promedia dónde está creciendo la gente— caía en San Carlos, en el oriente antioqueño. Cuarenta años después cae en Puerto Berrío, y las proyecciones del DANE lo llevan hacia 2040 hasta Pelaya, en el Cesar. En el mismo periodo la altitud del nacimiento promedio bajó de 1.300 metros a 950, y hoy el 60% de los niños colombianos nace en tierra caliente. Las cifras, compiladas por Mateo Castaño (2026), describen un desplazamiento que no es retórico sino demográfico: el país baja por el río.

Esas cifras reabren una pregunta que excede la coyuntura: ¿está cambiando el centro de gravedad de Colombia? La economía regional ofrece elementos para sostener que el Caribe atraviesa una consolidación difícil de leer como episodio pasajero. Como suele ocurrir, las transformaciones estructurales se hacen visibles mucho después de haber comenzado.

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Existe una regularidad documentada: el poder político rara vez antecede al desarrollo económico. Krugman (1991), en la Nueva Geografía Económica, mostró cómo las economías generan aglomeraciones donde empresas, trabajadores e inversión se concentran en territorios con mayores ventajas competitivas, en un círculo virtuoso que atrae inversión, fortalece instituciones y termina modificando la distribución del poder. Myrdal (1957) lo formuló como causación circular y acumulativa: más inversión genera mayor productividad; esta atrae nuevas empresas; y estas fortalecen infraestructura, empleo e instituciones, mientras otras regiones quedan rezagadas. Hirschman (1958) añadió los polos de crecimiento, núcleos capaces de generar encadenamientos e irradiar dinamismo hacia los territorios vecinos.

La evidencia respalda esa lectura. Entre 2014 y 2024, los ingresos reales de las grandes empresas costeñas crecieron 4.5% anual, más del doble que las del resto del país (1.9%), y sus utilidades netas 12.3% frente a 0.7%. Desde 2022, el departamento que más exporta bienes no minero-energéticos por habitante es el Atlántico, no Antioquia ni el Valle. No es un buen año: las brechas se sostienen durante toda la década. Detrás de esos agregados hay tres polos identificables. Barranquilla dejó de ser una ciudad industrial para convertirse en centro logístico y empresarial: la articulación entre sector público, empresariado y academia, la modernización portuaria y los parques industriales le permitieron diversificar una economía que dependía de la manufactura tradicional. Cartagena combina actividades portuarias, petroquímicas y logísticas que la convierten en uno de los principales nodos del comercio exterior del país, donde el turismo internacional amplía la ventaja sin ser su único motor, contra lo que suele suponerse. Montería muestra cómo una ciudad intermedia modifica su posición relativa: la especialización agroindustrial alrededor de la ganadería y los servicios asociados, sumada a la modernización urbana e institucional, convirtió a Córdoba en un territorio con capacidad de incidencia y no en una despensa agropecuaria.

En este contexto, el mayor peso de la región en las decisiones nacionales puede interpretarse menos como causa del ascenso económico y más como consecuencia de un proceso que lleva décadas acumulándose. Confundir ambos fenómenos conduciría al error frecuente de asumir que el poder político crea por sí solo crecimiento, cuando la evidencia histórica muestra que las instituciones terminan reflejando transformaciones productivas iniciadas mucho antes. Es el mismo orden de causalidad que se discutió aquí la semana pasada a propósito de la tasa de cambio: la moneda fuerte no produce economías fuertes, las refleja.

A esa discusión se ha sumado el anuncio de una sede alterna del Ejecutivo en Barranquilla, con la propuesta de reconocerla como capital alterna mediante acto legislativo. Vista en clave económica, la iniciativa apunta a un costo real y poco medido: el de la distancia institucional. Existe una hipótesis, no comprobada pero verosímil para quien conoce la región, según la cual la gestión de buena parte de los alcaldes del Caribe termina evaluándose por las millas que acumulan viajando a Bogotá en busca de recursos. Si es así, el tiempo de los mandatarios locales —su recurso más escaso— se destina a la intermediación y no a la planeación, y la gestión pasa a depender de la cercanía con el centro más que de la calidad de los proyectos. Acercar geográficamente la decisión podría reducir esos costos de transacción, aunque la evidencia sugiere que el problema de fondo no es la ubicación del despacho sino el diseño de un sistema en el que los recursos se asignan por gestión personal y no por reglas. Una sede reduce los viajes; no reemplaza las capacidades técnicas que permitirían prescindir de ellos.

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La lectura exige prudencia. Ganar peso relativo dentro de una economía nacional no garantiza mayores niveles de bienestar: numerosas regiones del mundo incrementaron su participación sin traducirla en productividad, innovación o calidad de vida. El Caribe sigue siendo heterogéneo: mientras algunas ciudades consolidan servicios especializados, otras dependen de actividades primarias, con elevada informalidad y limitadas capacidades institucionales. El ascenso no es de la región en bloque sino de unos polos dentro de ella, y conviene desagregar el promedio antes de celebrarlo.

La observación es particularmente pertinente para el Magdalena. El departamento cuenta con un puerto estratégico, concentra cerca del 40% de las exportaciones nacionales de banano —que en 2025 significaron ventas superiores a US$1.300 millones y sostienen unos 20.000 empleos directos y 40.000 indirectos—, produce palma y café, embarca carbón por Ciénaga y posee uno de los principales destinos turísticos del país. Sin embargo, esos activos no se reflejan en indicadores equivalentes de productividad, ingreso y empleo formal: aporta cerca del 1.35% del PIB nacional con el 2.9% de la población, y su canasta exportadora sigue compuesta por bienes indiferenciados cuyo precio se fija por fuera del territorio.

La explicación no está en la ausencia de ventajas comparativas, sino en la limitada capacidad para transformarlas en ventajas competitivas. Porter (1990) distinguía ambos conceptos: los recursos naturales, la ubicación o el clima facilitan el desarrollo, pero el crecimiento sostenido depende de la capacidad institucional, la innovación, el capital humano y la sofisticación empresarial. Ninguna región prospera por lo que posee, sino por lo que es capaz de hacer con ello.

Santa Marta ilustra el punto. La ciudad registró en 2025 la mayor reducción de pobreza monetaria entre las 23 ciudades principales, de 37.9% a 28.6%. Pero ese resultado convive con una informalidad de 58.7%, microestablecimientos de baja productividad y una oferta turística que captura una fracción limitada del valor que genera: de los 7.541 prestadores de alojamiento registrados, el 89.8% son viviendas turísticas. El desafío ya no es atraer más visitantes o exportar más productos primarios, sino aumentar el contenido tecnológico y los encadenamientos que permitan retener esa riqueza en el territorio.

Este es el principal reto del Caribe en la próxima década. El mayor peso económico abre una ventana para acelerar inversiones en infraestructura, logística, conectividad y educación superior, pero esas ventanas no permanecen abiertas: las regiones que se consolidan aprovechan los ciclos favorables para fortalecer instituciones y diversificar su estructura productiva; las que no, terminan dependiendo otra vez de coyunturas que escapan a su control. La discusión de fondo no es cuánta capacidad de incidencia ganó la región, sino si servirá para elevar la productividad, reducir la informalidad y cerrar brechas educativas.

Finalmente, quizá la pregunta correcta no sea si el Caribe se convirtió en el nuevo centro de gravedad de Colombia, sino si está preparado para asumir la responsabilidad que implica ocupar ese lugar. La economía enseña que los ciclos de crecimiento no son permanentes y que las regiones exitosas son las que convierten ventajas coyunturales en capacidades permanentes. Un ciclo favorable puede abrir puertas; solo la productividad, las instituciones y el conocimiento las mantienen abiertas.

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